Sospecho de la existencia del ser humano como única especie del Cosmo. Arden infinitas estrellas en un solo cristal que se reinventa con el correr de los siglos. Sin embargo, algún espejo oculto en las profundidades oscuras del universo tiene respuestas a estas dudas, hasta ahora, insolubles.
Despojado de brujos y hechiceros; sin pregonar por ángeles ni aquelarres, el foco se hace en torno al enigma: hay un portal en cada mente, propio de la inconsciencia que abruma.
Las certezas son tales que prohíben el intercambio de diversas percepciones sobre la concepción del universo. ¿Qué será del mismo cuando todos los humanos de hoy hayamos muerto? ¿Cómo imaginarlo en el transcurso de los siglos?
Los cabo sueltos será atados; la pobreza humana desembarcará en las ruinas de un desierto divorciado de estas tierras. Ya la culpa será bandera y forma de vida en los hombres. Sólo la música, los libros y algunas distracciones podrán mantener la esperanza de salvación en aquellos humanos.
Las estrellas y el sol; la luna con sus nubes azules deambulando a su alrededor y las electricidades del cielo destruirán, de una vez, esta porción de tierra. Lluvia incesante de piedras, segundos de desaparición eterna.
domingo, 10 de mayo de 2015
domingo, 3 de mayo de 2015
Del primer amor
Fue una mueca del destino. Ocurrió una tarde, invernal, hace muchos años cuando aún no existían convencimientos de ningún tipo, cuando todavía los compromisos eran solamente palabras futuras.
Pasaron unos meses estupendos. Disfrutaron los fríos, se abrazaron en las noches gélidas matadas por el alcohol en sus sangres. Rompieron espejos, estructuras, libritos de infancia que los tenían atados.
Ella, tan católica, embrujada y sonriente. Tan terca como un burro. Plantada o necia, como sea. Y él, medio flojo, destartalado pero curioso. Entregado al azar, lanzado a hacer cualquier locura para ganarse su corazón, sus ojos, su sonrisa.
Se pasearon el pueblo de punta a punta. Charlaron sobre el tiempo, los sueños y las frustraciones. Intercambiaron conocimientos, mentiras, verdades y algún que otro juego perverso que la mente deja resbalar para desvirgar unos corazones aún tímidos. Aunque se cometan errores o se dejen deslizar palabras imprecisas, el cerebro actúa de esa forma; como un viejo sabio siendo aún demasiado inmaduro.
Lo cierto es que algunas cosas no hacían contacto. En el medio estaba Dios, siempre metido, sin aportar más que confusiones y decisiones a medias. También andaba por allí el Miedo; metiendo la cola en algunas ocasiones para no dejar pensar a esos dos pobres diablos. Ellos eran muy jóvenes para tratar de eludir a estos impostores que los separaban cada vez más.
Él le insistía sobre la libertad, sobre la abolición de los celos, de las injusticias amorosas. Ella, más bien, se movía con sus convicciones y no daba changuí, no quería entregarse a algo diferente.
Pasó un mes; pasó otro más y en el tercero decidieron abrir sus corazones. Por las noches se llamaban a escondidas, por las mañanas se enviaban cartas y por las tardes se encontraban en el mismo banco, de la misma plaza, de su hermosa ciudad. Se aguantaban la cabeza, se sostenían en las malas pero todavía se guardaban secretos. Natural de quien tiene temor a lastimar.
Ocurrió una tarde, sin sol y de viento; en otro banco, de otra plaza. Ella lo miró con falsa ternura y le dijo que ya era suficiente, que necesitaba tiempo; ese tiempo llamado eternidad. Él, por respetuoso nomás, mordió angustia, volteó la cabeza y aguantó esa lágrima pesada que caería, segundos después, en su mejilla sin que ella lo notara. Le contestó sin pensar, trató de ser amable y lo logró. Le cuestionó un poco sobre su decisión y ella lo atropelló. lo pasó por arriba para que no lograra revertir su postura. Le volvió a aclarar sobre el tiempo y le prometió que se mantendrían en contacto.
Caminaron de vuelta, sin tomarse de la mano, sin decir una palabra. Los invadía el desconcierto y la vergüenza. Él la acompañó hasta la esquina de su casa y se despidieron fugazmente. Luego enfiló camino hacia su hogar y sintió una bocina que lo llamaba. Se volteó y vio un brazo extendido, de un hombre que conocía y que lo saludaba, que ya pasaba muy adelante.
Seguro que fue una mueca del destino porque ella no lo llamó más, ni lo mantuvo al tanto de nada. Porque el tiempo sigue siendo eterno como aquella noche de orgasmos compartidos que los separó para siempre. Fue un guiño de la suerte, de la mala, en este caso. Porque pasaron horas, días y semanas hasta que él los vio, caminando de la mano, recorriendo el pueblo de punta a punta, matando fríos nocturnos con alcoholes, encontrándose en el mismo banco, de la misma plaza donde meses atrás él la veía llegar con el orgullo inflándole el pecho. Ahora sí, estaba todo claro. Los observó alejarse hacia el sol, y se dio por enterado que recién estaba naciendo; con 18 años, a la edad que nacen o mueren todos los seres humanos.
Pasaron unos meses estupendos. Disfrutaron los fríos, se abrazaron en las noches gélidas matadas por el alcohol en sus sangres. Rompieron espejos, estructuras, libritos de infancia que los tenían atados.
Ella, tan católica, embrujada y sonriente. Tan terca como un burro. Plantada o necia, como sea. Y él, medio flojo, destartalado pero curioso. Entregado al azar, lanzado a hacer cualquier locura para ganarse su corazón, sus ojos, su sonrisa.
Se pasearon el pueblo de punta a punta. Charlaron sobre el tiempo, los sueños y las frustraciones. Intercambiaron conocimientos, mentiras, verdades y algún que otro juego perverso que la mente deja resbalar para desvirgar unos corazones aún tímidos. Aunque se cometan errores o se dejen deslizar palabras imprecisas, el cerebro actúa de esa forma; como un viejo sabio siendo aún demasiado inmaduro.
Lo cierto es que algunas cosas no hacían contacto. En el medio estaba Dios, siempre metido, sin aportar más que confusiones y decisiones a medias. También andaba por allí el Miedo; metiendo la cola en algunas ocasiones para no dejar pensar a esos dos pobres diablos. Ellos eran muy jóvenes para tratar de eludir a estos impostores que los separaban cada vez más.
Él le insistía sobre la libertad, sobre la abolición de los celos, de las injusticias amorosas. Ella, más bien, se movía con sus convicciones y no daba changuí, no quería entregarse a algo diferente.
Pasó un mes; pasó otro más y en el tercero decidieron abrir sus corazones. Por las noches se llamaban a escondidas, por las mañanas se enviaban cartas y por las tardes se encontraban en el mismo banco, de la misma plaza, de su hermosa ciudad. Se aguantaban la cabeza, se sostenían en las malas pero todavía se guardaban secretos. Natural de quien tiene temor a lastimar.
Ocurrió una tarde, sin sol y de viento; en otro banco, de otra plaza. Ella lo miró con falsa ternura y le dijo que ya era suficiente, que necesitaba tiempo; ese tiempo llamado eternidad. Él, por respetuoso nomás, mordió angustia, volteó la cabeza y aguantó esa lágrima pesada que caería, segundos después, en su mejilla sin que ella lo notara. Le contestó sin pensar, trató de ser amable y lo logró. Le cuestionó un poco sobre su decisión y ella lo atropelló. lo pasó por arriba para que no lograra revertir su postura. Le volvió a aclarar sobre el tiempo y le prometió que se mantendrían en contacto.
Caminaron de vuelta, sin tomarse de la mano, sin decir una palabra. Los invadía el desconcierto y la vergüenza. Él la acompañó hasta la esquina de su casa y se despidieron fugazmente. Luego enfiló camino hacia su hogar y sintió una bocina que lo llamaba. Se volteó y vio un brazo extendido, de un hombre que conocía y que lo saludaba, que ya pasaba muy adelante.
Seguro que fue una mueca del destino porque ella no lo llamó más, ni lo mantuvo al tanto de nada. Porque el tiempo sigue siendo eterno como aquella noche de orgasmos compartidos que los separó para siempre. Fue un guiño de la suerte, de la mala, en este caso. Porque pasaron horas, días y semanas hasta que él los vio, caminando de la mano, recorriendo el pueblo de punta a punta, matando fríos nocturnos con alcoholes, encontrándose en el mismo banco, de la misma plaza donde meses atrás él la veía llegar con el orgullo inflándole el pecho. Ahora sí, estaba todo claro. Los observó alejarse hacia el sol, y se dio por enterado que recién estaba naciendo; con 18 años, a la edad que nacen o mueren todos los seres humanos.
jueves, 12 de febrero de 2015
El cielo no lo entiendo y al cielo yo no voy
Miro al cielo y no entiendo. Lo miro con detención y no lo comprendo. ¿Vos comprendés? ¿Vos entendés?
¡Miro el cielo y no entiendo! ¡lo miro desde tan lejos y no lo entiendo!
Estoy solo en la soledad del campo; lo miro y no lo entiendo. ¿Cómo será que otros lo entienden?
Muy solo siempre en soledad. El cielo no se entiende desde acá, desde esta nave. Es tétrico el invierno, desagradable, misteriosamente deplorable el cielo. Dicen que estás vos; allí, mirando con altura inmortal. Dicen, todos dicen, que les das una señal, que tu lugar es el cielo y desde allí gobernás.
A veces, se ve naranja; por momentos, negro como el alma. Cuando brilla no lo miro, no me importa. Si por allá estás, dame una señal. Nunca creí en vos. Se que no estás; sos pura imaginación, sos el regate perfecto ante el temor y la duda existencial.
Hoy prefiero darte una oportunidad, la única en este viaje. Sos el protagonista de la esencia, de la eternidad, de la fe, del amor, del existir en un libro traidor, interesante pero traidor al fin. Sos obra de la mezquindad y la plaga; del remordimiento y el rencor, de la muerte y la violencia.
Sos la degracia, el provenir y las promesas. ¡Tus promesas!, sensatas para con el brujo que hechizó a la verdad. ¿No estás cansado? ¿De veras no te agotas?
Me urge una incógnita certera en mi interior, capaz de mortalizarte. Nada de lo que te rodea y de lo que te crean es verdad. Jugás sucio. Has hecho todo mal, has huido y dejado en vano este pedazo de infinito. Brillás en las buenas y te ausentas en las malas. Pudrite en tu infierno, en la casa del rival que al cerrar los ojos te esperará en su mesa, afilará sus dientes y rebalsará de ira.
Miro tu reino y no se entiende nada. Horas tras horas mirando al sur; cada viento que sopla y tormenta que ruge me confirman tu ausencia. Te escapás hasta ser justificado. ¿Alguien presume inmortalidad?
Que alguien me explique que hay, que pulula por las colinas de la oscuridad. Lo tengo acá nomas, a mi alcance. Se deja ver, está manchado por nubes; lo siento mortal. Espero su fin. Fin imaginario de rocas incesantes que caerán hasta terminar con la especie. Y en alguna dimensión pasada o futura volveremos a caer. El ocaso se aproxima, la infancia terminó. Te aluden con plegarias para que luego puedan volver a soñar. Eluden el sin sentido alborotado, esquivan esta mente sanada de llorar.
Grandes metales de poliestileno son los encargados en conducirnos a la ruina. Feroz ruina del deseo que culmina en la ignorancia y en la estupidez.
Mirando el cielo no comprendo si de verdad existe o es alimento de un estereotipo de sueño sin despertar. Probá en soñar algún día; tus pupilas girarán en torno a ti. ¿Y si te digo que no pierdas la fe ni la esperanza? ¿Que invirtamos los roles? ¿Si te hago creer en nosotros podrás aguantar el sufrimiento?
Te verás en direcciones sin salida, rezarás oraciones vacías y a nuestro gusto, te enviaremos señales y culparemos tus actos con penitencias caras y desoladas: con leyes y reglamentos de cualquier ocurrencia.
Que confuso parece el cielo; sus grises diamantes que deslumbran el camino. Pedazo de materia en fundición, reciclador de chatarra. Sangriento y elegante infinito de misterio. Interrogante plano de curva forma. Arrogante sos si estás en el y no te das a conocer. Todo me lleva a todos lados y a ninguna parte. Veo el desgaste de mi rostro con el paso del tiempo. Viejo e invisible verdugo; en el sí creo. Él no se cansa, corre sin frenar en interminables y variados ritmos. No pide oraciones ni culpa a crueles, débiles y zonzos. A veces te cura y otras te ayuda a sanar. No te exige recompensas ni premios; no está escrito en libros ni se fosiliza en la conciencia. Solo se presenta en el momento preciso. Allí hay que ser consciente de uno, mirarse hacia adentro y aceptar.
El tiempo llega y lo seguirá haciendo; sus garras se conocen en historias y vivencias. En cambio lo tuyo es incomprensible, tu existencia no me convence y mi escepticismo no me asusta. No le temo a tus venganzas; terror me tengo porque se que estoy apto para hacer el mal. Allí tengo miedo y huyo de mis cabales. El cielo no lo entiendo y al cielo yo no voy.
¡Miro el cielo y no entiendo! ¡lo miro desde tan lejos y no lo entiendo!
Estoy solo en la soledad del campo; lo miro y no lo entiendo. ¿Cómo será que otros lo entienden?
Muy solo siempre en soledad. El cielo no se entiende desde acá, desde esta nave. Es tétrico el invierno, desagradable, misteriosamente deplorable el cielo. Dicen que estás vos; allí, mirando con altura inmortal. Dicen, todos dicen, que les das una señal, que tu lugar es el cielo y desde allí gobernás.
A veces, se ve naranja; por momentos, negro como el alma. Cuando brilla no lo miro, no me importa. Si por allá estás, dame una señal. Nunca creí en vos. Se que no estás; sos pura imaginación, sos el regate perfecto ante el temor y la duda existencial.
Hoy prefiero darte una oportunidad, la única en este viaje. Sos el protagonista de la esencia, de la eternidad, de la fe, del amor, del existir en un libro traidor, interesante pero traidor al fin. Sos obra de la mezquindad y la plaga; del remordimiento y el rencor, de la muerte y la violencia.
Sos la degracia, el provenir y las promesas. ¡Tus promesas!, sensatas para con el brujo que hechizó a la verdad. ¿No estás cansado? ¿De veras no te agotas?
Me urge una incógnita certera en mi interior, capaz de mortalizarte. Nada de lo que te rodea y de lo que te crean es verdad. Jugás sucio. Has hecho todo mal, has huido y dejado en vano este pedazo de infinito. Brillás en las buenas y te ausentas en las malas. Pudrite en tu infierno, en la casa del rival que al cerrar los ojos te esperará en su mesa, afilará sus dientes y rebalsará de ira.
Miro tu reino y no se entiende nada. Horas tras horas mirando al sur; cada viento que sopla y tormenta que ruge me confirman tu ausencia. Te escapás hasta ser justificado. ¿Alguien presume inmortalidad?
Que alguien me explique que hay, que pulula por las colinas de la oscuridad. Lo tengo acá nomas, a mi alcance. Se deja ver, está manchado por nubes; lo siento mortal. Espero su fin. Fin imaginario de rocas incesantes que caerán hasta terminar con la especie. Y en alguna dimensión pasada o futura volveremos a caer. El ocaso se aproxima, la infancia terminó. Te aluden con plegarias para que luego puedan volver a soñar. Eluden el sin sentido alborotado, esquivan esta mente sanada de llorar.
Grandes metales de poliestileno son los encargados en conducirnos a la ruina. Feroz ruina del deseo que culmina en la ignorancia y en la estupidez.
Mirando el cielo no comprendo si de verdad existe o es alimento de un estereotipo de sueño sin despertar. Probá en soñar algún día; tus pupilas girarán en torno a ti. ¿Y si te digo que no pierdas la fe ni la esperanza? ¿Que invirtamos los roles? ¿Si te hago creer en nosotros podrás aguantar el sufrimiento?
Te verás en direcciones sin salida, rezarás oraciones vacías y a nuestro gusto, te enviaremos señales y culparemos tus actos con penitencias caras y desoladas: con leyes y reglamentos de cualquier ocurrencia.
Que confuso parece el cielo; sus grises diamantes que deslumbran el camino. Pedazo de materia en fundición, reciclador de chatarra. Sangriento y elegante infinito de misterio. Interrogante plano de curva forma. Arrogante sos si estás en el y no te das a conocer. Todo me lleva a todos lados y a ninguna parte. Veo el desgaste de mi rostro con el paso del tiempo. Viejo e invisible verdugo; en el sí creo. Él no se cansa, corre sin frenar en interminables y variados ritmos. No pide oraciones ni culpa a crueles, débiles y zonzos. A veces te cura y otras te ayuda a sanar. No te exige recompensas ni premios; no está escrito en libros ni se fosiliza en la conciencia. Solo se presenta en el momento preciso. Allí hay que ser consciente de uno, mirarse hacia adentro y aceptar.
El tiempo llega y lo seguirá haciendo; sus garras se conocen en historias y vivencias. En cambio lo tuyo es incomprensible, tu existencia no me convence y mi escepticismo no me asusta. No le temo a tus venganzas; terror me tengo porque se que estoy apto para hacer el mal. Allí tengo miedo y huyo de mis cabales. El cielo no lo entiendo y al cielo yo no voy.
miércoles, 4 de febrero de 2015
El fútbol, también
Lo miraste a los ojos, viste su mueca desesperada y hambrienta de ayuda. Jalaste el gatillo y despareció para siempre.
Recordaste la casita de la infancia, los jardines de verano. Las aguas que refrescaban tu iluso cuerpo en el arroyo. Pensaste en tu vieja, una tarde de invierno, chocolate como excusa. ¡Hace frío! ¡entrá, carajo!.
Tu viejo en el taller, rompiendo sus manos por vos y para vos. Vos que tan cambiado te viniste y la perra adolescencia te barajó hasta la muerte. Tus ojos, tan marrones, tan inocentes. Los caminos en bicicleta, las pelotas pinchadas, los goles que gritaste.
Pero un día leíste un artículo, en un diario, de alguien sin piedad y le hiciste caso. Nadie sabe por qué, quizás por culpa de la vagancia o el miedo a no poder expresarla. Te aferraste a "los colores", al paravalancha del viejo club. Entraste en el juego de la perversidad que se maquilla con más perversidad; deambulaste calles oscuras con un trapo en la cara y le pediste todo a todos sin resquemor ni conciencia.
La merca te la dieron en bandeja y por ella robaste hasta fregarte por completo. Olfateaste calabozos húmedos en comisarías manchadas de comisarios inútiles y serviciales al poder económico.Te amigaste con policías de civil y de uniforme. Te presentaron al presidente del club y allí entendiste la jugada; por debajo de la manga, sin que nadie se entere, negociaron la basura de la ignorancia. El capo de la banda, ahora, juega con gusanos; y tu figura, nada emblemática, pone orden y manda en la popular. Picaste papelitos, apretaste a los jugadores, te pegaron una paliza en Sarandí hasta perder la memoria. Pero volviste, lleno de rencor y creído de venganza; lo miraste a los ojos, lo viste tieso, sin esperanza alguna; puteaste a tu vieja por haberse muerto de hambre y a tu viejo por limpiarse en la fosa; cruzaste los dedos de tu cerebro lunático y lisérgico hasta convencerte de que jalar el gatillo era la única opción.
Y ahora volviste, nuevamente, esposado hasta el cuello, hasta las inmediaciones húmedas y feroces de las rejas. Allí te ves, en una sombra porque ni espejo hay. Apenas un catre roto y una tenue luz. Solo, como el viento. ¡Perpetuidad!, gritan para vos desde la calle. Pero eso, poco te importa. Afuera no hay chances. No te quedan vidas por derrochar; perdiste afectos, amistades, familia y prestigio. Pedís a gritos que te maten, porque el sufrimiento es letal, semejante a la vida misma, similar al chasquido de unos dedos dentro de la eternidad.
Sin embargo, nadie vendrá a matarte, no te brindarán esa salvación sin antes ser juzgado. Porque para este sistema no tenes arreglo; sos un inadaptado social, un desintegrado de nacimiento. Igualmente vas a pagar, y no con la muerte. Vas a tener que vivir, por las vidas que te cobraste, por las injusticias de estar vivo. Siempre allí adentro, lejos del sol y la brisa del estío. Solo, espantosamente solo, vivirás hasta morir de pena.
Recordaste la casita de la infancia, los jardines de verano. Las aguas que refrescaban tu iluso cuerpo en el arroyo. Pensaste en tu vieja, una tarde de invierno, chocolate como excusa. ¡Hace frío! ¡entrá, carajo!.
Tu viejo en el taller, rompiendo sus manos por vos y para vos. Vos que tan cambiado te viniste y la perra adolescencia te barajó hasta la muerte. Tus ojos, tan marrones, tan inocentes. Los caminos en bicicleta, las pelotas pinchadas, los goles que gritaste.
Pero un día leíste un artículo, en un diario, de alguien sin piedad y le hiciste caso. Nadie sabe por qué, quizás por culpa de la vagancia o el miedo a no poder expresarla. Te aferraste a "los colores", al paravalancha del viejo club. Entraste en el juego de la perversidad que se maquilla con más perversidad; deambulaste calles oscuras con un trapo en la cara y le pediste todo a todos sin resquemor ni conciencia.
La merca te la dieron en bandeja y por ella robaste hasta fregarte por completo. Olfateaste calabozos húmedos en comisarías manchadas de comisarios inútiles y serviciales al poder económico.Te amigaste con policías de civil y de uniforme. Te presentaron al presidente del club y allí entendiste la jugada; por debajo de la manga, sin que nadie se entere, negociaron la basura de la ignorancia. El capo de la banda, ahora, juega con gusanos; y tu figura, nada emblemática, pone orden y manda en la popular. Picaste papelitos, apretaste a los jugadores, te pegaron una paliza en Sarandí hasta perder la memoria. Pero volviste, lleno de rencor y creído de venganza; lo miraste a los ojos, lo viste tieso, sin esperanza alguna; puteaste a tu vieja por haberse muerto de hambre y a tu viejo por limpiarse en la fosa; cruzaste los dedos de tu cerebro lunático y lisérgico hasta convencerte de que jalar el gatillo era la única opción.
Y ahora volviste, nuevamente, esposado hasta el cuello, hasta las inmediaciones húmedas y feroces de las rejas. Allí te ves, en una sombra porque ni espejo hay. Apenas un catre roto y una tenue luz. Solo, como el viento. ¡Perpetuidad!, gritan para vos desde la calle. Pero eso, poco te importa. Afuera no hay chances. No te quedan vidas por derrochar; perdiste afectos, amistades, familia y prestigio. Pedís a gritos que te maten, porque el sufrimiento es letal, semejante a la vida misma, similar al chasquido de unos dedos dentro de la eternidad.
Sin embargo, nadie vendrá a matarte, no te brindarán esa salvación sin antes ser juzgado. Porque para este sistema no tenes arreglo; sos un inadaptado social, un desintegrado de nacimiento. Igualmente vas a pagar, y no con la muerte. Vas a tener que vivir, por las vidas que te cobraste, por las injusticias de estar vivo. Siempre allí adentro, lejos del sol y la brisa del estío. Solo, espantosamente solo, vivirás hasta morir de pena.
martes, 25 de noviembre de 2014
La facilidad para empeorar lo que está mal
El tipo agarra el balón y nadie puede detenerlo. Tiene la capacidad técnica de cambiarle el ritmo a un partido chato y sin sobresaltos, de gambetear a una defensa entera más el arquero y definir de múltiples formas que lo hacen, siempre brillante.
Tiene cara de bobo, de niño atontado; sonríe siempre con sinceridad y en las malas huye del derroche de lágrimas. Es halagado por la prensa, cuestionado por sus compatriotas y admirado por todo el mundo. Todo aquel, que niegue la magia de Arturo Saturno sabe bien, en su interior, que no puede, que no tiene elementos para demostrar tal negación. Será el astro de la galaxia futbolera por muchos años venideros; girará su cara por los salones de la fama y en las páginas amarillentas por el polvo de un libro o revista deportiva siempre permanecerá bajo halagos y menciones de gran nivel.
Lo que no sabe Arturo, es que el tiempo pasa velozmente. De a poco le cae la ficha de que un día dejó la casita de barrio, endulzó a unos empresarios con su don y se lo llevaron al viejo continente para instalarse de allí en más. La pelota de trapo quedó en alguna canaleta tapada por hojas de otoño, la esquina del descampado está repleta de nadie, los amigos de la infancia murieron junto a ella. Ya pasó el tiempo de la leche a las cinco de la tarde, de los asados del domingo, de todo ese dulzor inocente e incesante que la niñez regala por arte de magia. Esa magia se hizo grande, se puso botines talle 41, tocó los mejores céspedes del mundo, ganó millones por un pase a la red.
Eso, Arturo lo sabe. Pero lo sabe por naturaleza humana, de ver como los días transcurren y el cuerpo se alarga. Es inconsciente del correr del tiempo, de la velocidad de las agujas. En realidad, todos somos iguales a él; caemos bajo cuando en el reloj vemos nuestras caras perdidas en el pasado y olfateamos esa fragancia de muerte. La nostalgia es síntoma de muerte lenta.
Ahora está por jubilarse; tiene 39 años y la inhabilidad para desenvolverse en otros campos de la vida le pudre la cabeza. Vive en París junto a su familia, tiene dinero de sobra y una generación Saturno salvada por su proeza futbolística. Es duro ser Saturno, ese tal Arturo Saturno que divisa en el horizonte de una tarde francesa, sentado en el medio del campo, la huella hacia el desconcierto. Hacia ese letárgico camino que vendrá y que ya vino desde mucho tiempo atrás.
A ese tiempo me refiero, querido Arturo. La ficha dicen que no a todos nos cae en la vida, pero yo creo que sí; una fichita existencial siempre nos golpea la conciencia sea para bien o para mal. Sos tan joven en vida y tan viejo en lo profesional que ahora ves y sentís como volaron los años. Hiciste goles de todos los estilos. Al ángulo de zurda y diestra, de chilena, de sombrero, de media cancha y desde el córner. Eludiste a medio equipo y la picaste con satisfacción, revoleaste la camiseta y no te importó la tarjeta amarilla. Pero la vida te devuelve lo bueno en desafíos que parecen terriblemente malvados; sobre ese horizonte francés ves que viene el juez corriendo hacia vos con la mano en el bolsillo trasero, sabes que allí guarda la roja, la sangrienta, la decisiva para un partido; y en este partido llamado Vida, creo que te rajan, pegaste duro y sin pelota, desde atrás y con intención de lastimar. Quizá la mente te engañe un poco y te muestren solo la amarilla una vez más. Pero no confíes en tu conciencia, ella deja rastros evidentes para no tenerle fe. Se hombre y entregate al destino como este se entregó a vos sin preguntar. Seguís mirando al juez y allí percibís la verdad, en su rostro de ceño bajo y ojos crudos; amagás a reprocharle pero te callas la boca y comprendes de una vez por todas que estás fuera, expulsado, retirándote por el túnel y recibiendo insultos por doquier. Ya nadie te quiere en las canchas, das lástima y bronca al verte tan arruinado por vos mismo. No te quedan plegarias por rezar, ni dioses para implorar; este partido lo perdiste por goleada, te expulsaron y encima... Sos el más joven de la Vida.
Tiene cara de bobo, de niño atontado; sonríe siempre con sinceridad y en las malas huye del derroche de lágrimas. Es halagado por la prensa, cuestionado por sus compatriotas y admirado por todo el mundo. Todo aquel, que niegue la magia de Arturo Saturno sabe bien, en su interior, que no puede, que no tiene elementos para demostrar tal negación. Será el astro de la galaxia futbolera por muchos años venideros; girará su cara por los salones de la fama y en las páginas amarillentas por el polvo de un libro o revista deportiva siempre permanecerá bajo halagos y menciones de gran nivel.
Lo que no sabe Arturo, es que el tiempo pasa velozmente. De a poco le cae la ficha de que un día dejó la casita de barrio, endulzó a unos empresarios con su don y se lo llevaron al viejo continente para instalarse de allí en más. La pelota de trapo quedó en alguna canaleta tapada por hojas de otoño, la esquina del descampado está repleta de nadie, los amigos de la infancia murieron junto a ella. Ya pasó el tiempo de la leche a las cinco de la tarde, de los asados del domingo, de todo ese dulzor inocente e incesante que la niñez regala por arte de magia. Esa magia se hizo grande, se puso botines talle 41, tocó los mejores céspedes del mundo, ganó millones por un pase a la red.
Eso, Arturo lo sabe. Pero lo sabe por naturaleza humana, de ver como los días transcurren y el cuerpo se alarga. Es inconsciente del correr del tiempo, de la velocidad de las agujas. En realidad, todos somos iguales a él; caemos bajo cuando en el reloj vemos nuestras caras perdidas en el pasado y olfateamos esa fragancia de muerte. La nostalgia es síntoma de muerte lenta.
Ahora está por jubilarse; tiene 39 años y la inhabilidad para desenvolverse en otros campos de la vida le pudre la cabeza. Vive en París junto a su familia, tiene dinero de sobra y una generación Saturno salvada por su proeza futbolística. Es duro ser Saturno, ese tal Arturo Saturno que divisa en el horizonte de una tarde francesa, sentado en el medio del campo, la huella hacia el desconcierto. Hacia ese letárgico camino que vendrá y que ya vino desde mucho tiempo atrás.
A ese tiempo me refiero, querido Arturo. La ficha dicen que no a todos nos cae en la vida, pero yo creo que sí; una fichita existencial siempre nos golpea la conciencia sea para bien o para mal. Sos tan joven en vida y tan viejo en lo profesional que ahora ves y sentís como volaron los años. Hiciste goles de todos los estilos. Al ángulo de zurda y diestra, de chilena, de sombrero, de media cancha y desde el córner. Eludiste a medio equipo y la picaste con satisfacción, revoleaste la camiseta y no te importó la tarjeta amarilla. Pero la vida te devuelve lo bueno en desafíos que parecen terriblemente malvados; sobre ese horizonte francés ves que viene el juez corriendo hacia vos con la mano en el bolsillo trasero, sabes que allí guarda la roja, la sangrienta, la decisiva para un partido; y en este partido llamado Vida, creo que te rajan, pegaste duro y sin pelota, desde atrás y con intención de lastimar. Quizá la mente te engañe un poco y te muestren solo la amarilla una vez más. Pero no confíes en tu conciencia, ella deja rastros evidentes para no tenerle fe. Se hombre y entregate al destino como este se entregó a vos sin preguntar. Seguís mirando al juez y allí percibís la verdad, en su rostro de ceño bajo y ojos crudos; amagás a reprocharle pero te callas la boca y comprendes de una vez por todas que estás fuera, expulsado, retirándote por el túnel y recibiendo insultos por doquier. Ya nadie te quiere en las canchas, das lástima y bronca al verte tan arruinado por vos mismo. No te quedan plegarias por rezar, ni dioses para implorar; este partido lo perdiste por goleada, te expulsaron y encima... Sos el más joven de la Vida.
viernes, 14 de noviembre de 2014
Trenque Lauquen: mi lugar en el mundo
El
misterio que despierta Trenque Lauquen y la comodidad al caminar sus bulevares
son las razones para dejar de sangrar por un rato. Cada vez que piso sus vías,
transito sus avenidas y contemplo su cielo le pido que no me suelte la mano,
porque no me quiero perder.
Su
nombre aborigen suena desde el mangrullo del parque y rebota en los murales de
Campodónico. Hoy la vida ha cambiado; algo ha cambiado dentro de esta ciudad de
55 mil habitantes que desde sus costumbres tan poco obvias mantienen en vilo la
esencia de un pueblo. Una porción mínima de mundo que pretende ser
independiente del planeta tierra, se presenta por si sola ante los ojos
visitantes.
Lo
común está en todos lados, inclusive en Trenque Lauquen. Clubes de fútbol,
plazas vistosas, árboles autóctonos. Pero como la cotidianeidad pisa fuerte en
cada rincón del universo, también lo peculiar abunda en esos recovecos.
De
Trenque Lauquen, que por cierto significa “Laguna
Redonda”, podemos destacar diferentes caricaturas y personajes muy llamativos.
Si uno toma la calle 9 de Julio y llega hasta Estrada, podrá encontrar el “Bar
Quique”. Templo sagrado y estandarte de la noche de muchos hombres y mujeres
donde, por efecto, la música y los tragos son la excusa para huir de sus
hogares. El lugar tiene una larga historia y la esencia de una vieja pulpería.
Quique abre sus puertas para todos menos para los problemáticos que siempre
tienen una tarea por realizar. Disputas de cuchillos por razones de piel,
peleas entre mujeres por de reputación, botellas por los aires y algún que otro herido han sido los casos más
frecuentes en este humilde y trascendental bar.
Sucede
algo extrañamente interesante cuando se transita por la calle Monferrand en su
tramo de tierra. Por un lado hay mansiones con rejas y alarmas. Grandes
caserones, unos más cuadrados que otros debido a la alta competencia interna.
Pero al voltear la vista hacia el otro lado se puede visualizar la miseria de
un barrio que lucha por parecerse a sus vecinos. Son 25 metros los que dividen
las dos parcelas de tierra. Solamente 25 metros distan el sueño de unos y la
repugnancia de otros.
Pero
esta ciudad pueblerina no se caracteriza únicamente por estas actitudes y
rasgos mencionados anteriormente. La vida en el centro es igual a la vida
céntrica de cualquier ciudad. Bancos, negocios de ropas, inmobiliarias, kioscos
grandes, kioscos pequeños, la plaza principal, la Municipalidad, el Centro
Cívico Cultural, bares y confiterías. En la noche, los boliches con sus
víctimas y sus mártires.
Es
sensacional vivir en Trenque Lauquen, sobre todo los domingos. Cuando de
repente, el domingo suele convertirse en el día mas crudo y vil de la semana,
en esta ciudad lo podemos aguantar sin ignorar la tristeza que se genera a las
siete de la tarde. Centenares de familias salen con sus autos a girar una y mil
veces por el centro. No se dirigen a ninguna parte, es un ritual de cada
domingo. El único propósito es chusmear lo que hacen los demás; quienes pululan
como ellos, quienes se besan y quien se encuentra solo Hay rutinas para este
día. A la mañana se va a la iglesia; al mediodía se organiza un asado que reúne
de modo obligatorio a todos los integrantes de la familia. A la tarde, la
cancha es una opción para descargar alguna bronca semanal guardada o disfrutar
el pobre juego que brindan los equipos. Pero el principal problema llega de
noche, allí se torna todo muy siniestro. Los bulevares quedan abandonados de
todo ser vivo. Quien encuentre luego de la medianoche un perro rondando por las
calles, será un privilegiado. Vale la pena exagerar en restringida medida el
contexto pero suelen pasar exactamente estos hechos.
Un
día de verano, en diciembre del 2002, un canadiense que se encontraba de
vacaciones con su familia, nos alertó con su opinión sobre la ciudad: -Es demasiado ordenada-, aseveró. El
hombre no se equivocó. Sus palabras fueron justas para describir uno de los principales
problemas de Trenque Lauquen. Todo puede parecer divertido, fantástico y hasta
extraño, pero la realidad se rige y gira alrededor de un orden desmesurado. Las
cosas son blancas o negras para la mayoría de la población; no existen grises.
Los sucesos cotidianos se juzgan por todos y bajo lupa. Están quienes
consideran una circunstancia y quienes otra. En pocas ocasiones se abre el
abanico de hipótesis sobre los hechos que pasan frente a sus ojos. Todos
agudizan todo, desfiguran las historias, petrifican pensamientos.
Es
brillante estar en Trenque Lauquen. La estación de tren, su tren que ha
regresado, la fábrica de bombones abandonada, el Colegio Nacional, el
Polideportivo, el auge del polo, el anfiteatro, el cementerio, sus entradas y
sus salidas, pasillos eternos a las rutas 5 y 33.
“Trenque Lauquen es el mejor lugar para vivir en el
mundo”, mencionan los que nunca se
fueron.
Palmeras
al medio del acceso, rotondas mal diseñadas, accidentes varios, chusmerío
desbordado. La ciudad es un paraíso para una sociedad infernal. No encuentra
hermandad, se gana afectos y por momentos se convierte en una harpía. Ama a los
médicos, ingenieros y abogados. Nació en el barro y hoy se mueve sobre asfalto,
ganó fama y actualmente se rige como la localidad líder dentro de su partido.
Trabajar
en Trenque Lauquen es difícil cuando no se basa en un oficio. Por tal motivo
existen dos lugares: Tribunales y La Serenísima, ésta es una fabrica de lácteos
que abastece a todo el país y brinda empleo a quienes no tienen muchos recursos
o no se los buscaron. Ambos sectores sirven para no quedar en estancado en una
localidad pequeña, aunque algunos lo consiguen sin proponérselo. En fin, cada
uno es dueño de su destino y sus condiciones.
La
primavera despierta en el pueblo una especie de algarabía y júbilo dormido
desde el fin del verano. Al trenquelauquense no le gusta el frío, lo detesta. Tiene
un odio particular contra el invierno y el otoño, especialmente el trabajador
que se esfuerza día a día para poder comer. Al llegar la primavera con su clima
estival, todo parece tornarse fantástico y se le nota en la cara esa cuota de
felicidad, excepto al mismo trabajador que se queja del frío, ya que en esta
época sufre el calor excesivo. Es entendible y perdonable su protesta, lástima
que deberá vivir con ella durante toda su vida.
Un
lugar al oeste de la provincia de Buenos Aires que hace repercutir su nombre a
escala mundial. Ciudad lechera, ganadera y agricultora que alimenta a sus hijos
por el precio del trabajo. Muchos ingenieros agrónomos, abogados,
inmobiliarias, albañiles, peones de campo, petiseros; algún que otro periodista
frustrado que regaló su sueño a cambio de un bienestar a futuro y puso un
puesto de revistas en la esquina de un colegio.
“Trenque Lauquen devora a sus propios hijos”, aseguró Eduardo quien vive allí hace más de 70
años. Él no entiende como su amigo Gabriel, quien fundó la primera banda de
rock en 1969 nunca fue profeta en su tierra. “Somos un pueblo careta que galardona a los médicos”, agrega Miguel
subrayando su desprecio, tanto por el pueblo como también por algunos expertos
o no en la medicina. Hay de todo en esta maravillosa región.
¿Será
que cada ciudad tiene su peregrinaje y pienso que solo la mía es
extraordinaria? Suele el humano, en su edad prematura, amar descontroladamente
su lugar natal. Amarlo tanto, demasiado, hasta defenderlo de una guerra. Para
aquel que está muy lejos es como su fotosíntesis, similar a un recambio de aire.
Se vuelve tan necesario que también produce la necesidad de abandonarlo por un
tiempo y quererlo desde afuera; si es posible desde largas distancias.
Trenque
Lauquen, tus curdas y tus curas tan polémicos y famosos. Tu viento de campo,
tus bulevares infinitos. Fuiste tierra y te haces polvo al andar de tu camino,
donde varias pierdas has dejado al costado.
Ciudad
futura y satelital con tus habitantes de antaño reencarnados en el presente.
Sobre tus ojos pasaron años de lujuria y miseria, de aguas y tormentas como
campos en sequía. Por tus manos anduvo un hombre, trajeado de valiente que
anhelaba tu recambio y esperaba mejorarte. Conocido como “El Gordo” y querido
por la mayoría, cambió tu imagen y te hizo conocer tu esencia. Jorge Barrachia
fue el ejemplo de gestión y coraje, luchó por medidas de reciclaje y pateó
varios escritorios plagados de mentiras. Ese hombre fue sinónimo de aprendizaje
en la recolección de basura y la separación de la misma en bolsas de dos colores;
fue el que armó una red de cloacas para que no vuelvas a inundarte como en 1980.
Fue tu líder, el protector de tu pellejo, quien te abrió al mundo nuevo junto a
otros hombres que también te quisieron ver relucir. Pero la muerte lo encontró
en aquel estacionamiento hirviente, subiendo al auto, en plena actividad. Lo
sorprendió de un pinchazo al centro del corazón. Se desplomó y quedó en la
historia, en la mía, en la de mis saberes. También en la de todos los que lo
vieron trabajar y ocuparse de su pueblo.
Sos
una ciudad mundial y pretenciosa de independencia, tus hijos te aclaman y a la
vez te piden una oportunidad. El arte crece día a día. Actores, músicos, poetas
y algún que otro pintor. Políticamente estás como el país, repartida en
porciones diferentes. Y en el deporte quedas bien parada: Germán Lauro, un
soñador que está por encima de su primer sueño; Ernesto Farías, el esfuerzo, la
paciencia y la gloria en estado puro; el recordado Norberto Ferreira, símbolo
victorioso del fútbol argentino. Pero hay un hombre dentro de tus límites que
trascendió fronteras sinuosas, que te reivindicó a nivel regional, que lo
conocen muy bien por su tan parca personalidad. Se trata de Omar Antonio Gennarini.
Vino hacia vos, lo atrajiste de algún modo. Porteño, de Floresta, un jugador
fuera de serie. Mis ojos no pudieron verlo, pero sí los de mi padre. Solo
palabras de asombro y agradecimiento fluyen desde sus recuerdos. Petiso y
flaco, llegó una tarde para quedarse de por vida, para recibir insultos por su
condición física, para taparles la boca a todos aquellos y sobre todo para
brillar en su Ferro Carril Oeste amado. Le cambió de un revés la cara a tu
fútbol tan rústico e iluso, para marcar un antes y un después de su llegada. “Si tan solo de fútbol sabes, ni de fútbol
sabes”, confesaron sus palabras. Innovador del chanfle, de la pausa como el silencio en la música. Con esa
personalidad podrida que lo privó de las grandes ligas, un humor fulero y mal
arreado desde muy chico. Se ha ganado sus rivales y conoce bien sus caras. Sabe
que fue difícil mantener la calma y paga sus pecados. Mi imaginación seguro me
engaña y me dice que este hombre morirá dentro de una cancha o en un vestuario.
Agradecido
estoy de pertenecer a Trenque Lauquen, de ser uno de sus hijos que desde lejos
la sienten tan presente. Que se sintió ahogado y decidió ir en busca de un
nuevo horizonte para emprender un sueño aún latente. Ciudad de mi infancia, de
ese patio donde jugaré todo el resto de mis días. Días que no se olvidan, días
que pasan volando y hasta desapercibidos.
Los
elementos positivos y negativos de un lugar le dan vida propia, como a las
personas, a las relaciones y a la vida. Todo es una construcción sentimental e
individual, que puede trasladarse de igual forma a muchas mentes y desembocar
en una conducta que quede estructurada por un largo período. Durante algunos
días me levanto de la cama y me pregunto por qué nací en esa ciudad, por qué en
ese pedazo de mundo extraviado en un infinito cósmico y estelar que me ha dado
un nombre y una identidad. El tiempo pasa y mis preguntas son más frecuentes;
piden soluciones, simples respuestas. Hoy me he vuelto a despertar y me juré
que nunca más volveré a estar como ayer, aunque me pudra por pensar comprendí
que algo bonito tiene este pesar, y es el hecho de saber que pertenezco a una
ciudad que es tan solo un lugar como cualquier otro pero es mi lugar, mi lugar
en el mundo.
Capriolli
sábado, 13 de septiembre de 2014
Muerta
Quedé alelado cuando me clavaste tu mejor puñal, manchado de historias tristes que encierran un pasado de terror. Obra maestra del terror fue tu pasado, majestuosa obra de arte. Pudriste los rincones de todos los corazones que derramaron por ti una lágrima, que entregaron su sangre en un balde húmedo.
Y mírate ahora, llena de nada, vacía de todo. Jurando al cielo ser buena esclava de esta vida para no temer hasta la muerte. Paladeando envidia, respirando mezquindad, sufriendo por tu accionar. Sola y triste, como un vinilo de tango rescatado del polvillo. Esa mueca falsa no te la quita Dios, mi reina. Esa cara abúlica de felicidad o conformidad reluce como las estrellas de un cielo negro. El espejo anda muy cerca tuyo, encontrarás en él una silueta desdibujada y moribunda, con los días contados y el terror de huir para siempre. Estás a un paso de ese mercurio para verte reflejada en las sombras del abismo. No hay Paraíso ni Infierno, no existe la inmortalidad, no te salva nadie, la perdición te acompaña de la mano hacia las cumbres de la oscuridad, donde el misterio ruge fuerte y nadie sabe cómo llegar.
Y mírate ahora, llena de nada, vacía de todo. Jurando al cielo ser buena esclava de esta vida para no temer hasta la muerte. Paladeando envidia, respirando mezquindad, sufriendo por tu accionar. Sola y triste, como un vinilo de tango rescatado del polvillo. Esa mueca falsa no te la quita Dios, mi reina. Esa cara abúlica de felicidad o conformidad reluce como las estrellas de un cielo negro. El espejo anda muy cerca tuyo, encontrarás en él una silueta desdibujada y moribunda, con los días contados y el terror de huir para siempre. Estás a un paso de ese mercurio para verte reflejada en las sombras del abismo. No hay Paraíso ni Infierno, no existe la inmortalidad, no te salva nadie, la perdición te acompaña de la mano hacia las cumbres de la oscuridad, donde el misterio ruge fuerte y nadie sabe cómo llegar.
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