Dos hombres se encuentran en la calle y uno de ellos se muestra muy fastidioso por la derrota de su equipo de fútbol el pasado domingo:
-¿¡Entendés que se tienen que ir todos!?
-¿Por un solo partido?
-Porque no sirven para nada, manga de muertos.
-No me parece que te pongas así.
-¿¡Y qué es lo que te parece!?
-Que si solamente de fútbol sabes, ni de fútbol sabes.
domingo, 10 de mayo de 2015
Conversaciones anónimas II
El hombre dedicó su vida al fútbol. Armar un grupo de niños y educarlos a través de una pelota fue siempre su pasión:
- ¿Cuándo fue la última vez que dirigió las divisiones infantiles?
- Cuando aún venían los chicos.
- ¿Y por qué no vinieron más?
- Porque el fútbol no les significaba prioridad.
- Dicen que usted tiene un carácter fuerte, ¿ellos lo percibían?
- Mi temperamento fue mi peor enemigo. Pero con el paso de los años aprendí que nunca más debo insultar a un niño.
- ¿Por qué no?
- Porque no se si han podido comer al mediodía antes de venir a entrenar.
- ¿Cuándo fue la última vez que dirigió las divisiones infantiles?
- Cuando aún venían los chicos.
- ¿Y por qué no vinieron más?
- Porque el fútbol no les significaba prioridad.
- Dicen que usted tiene un carácter fuerte, ¿ellos lo percibían?
- Mi temperamento fue mi peor enemigo. Pero con el paso de los años aprendí que nunca más debo insultar a un niño.
- ¿Por qué no?
- Porque no se si han podido comer al mediodía antes de venir a entrenar.
Conversaciones anónimas I
Los médicos no pudieron hacer nada y le comunicaron al joven que su padre moriría las próximas horas. Él los autoriza la eutanasia pero antes entra a visitarlo por última vez:
- ¿Cómo te sentís?
- Bien, me duele un poco la espalda.
- Debe ser propio de la operación. Hablé con el médico y dijo que salió todo bien, en unas horas volvemos a casa. Me recomendó que trates de dormir para estar descansado.
- Bueno, avisale a tu madre para que se quede tranquila.
- Sí, ya está al tanto de todo. Yo me voy a buscar la ambulancia del traslado y después vuelvo. Hasta luego, viejo.
- Está bien, hijo. Nos vemos.
- Nos vemos.
Días después del deceso del hombre, el joven entra a la habitación de sus padres y encuentra a su madre en la cama:
- ¿Qué haces acostada ahí?
- Estoy descansando.
- ¿Pero por qué del lado donde dormía papá?
- Porque cuando despierto siento que la que falta soy yo.
- ¿Cómo te sentís?
- Bien, me duele un poco la espalda.
- Debe ser propio de la operación. Hablé con el médico y dijo que salió todo bien, en unas horas volvemos a casa. Me recomendó que trates de dormir para estar descansado.
- Bueno, avisale a tu madre para que se quede tranquila.
- Sí, ya está al tanto de todo. Yo me voy a buscar la ambulancia del traslado y después vuelvo. Hasta luego, viejo.
- Está bien, hijo. Nos vemos.
- Nos vemos.
Días después del deceso del hombre, el joven entra a la habitación de sus padres y encuentra a su madre en la cama:
- ¿Qué haces acostada ahí?
- Estoy descansando.
- ¿Pero por qué del lado donde dormía papá?
- Porque cuando despierto siento que la que falta soy yo.
Días de soledad
Sabía, estaba convencido y a la vez destrozado. Las cosas habían empeorado; todo estaba arruinado. La vida se había convertido en un pasillo sin final.
Pensé en contárselo de movida. Pensé mal. Calculé los pasos hasta la cocina desde la puerta de entrada, y al verlo en su sillón, sentado y leyendo el diario de manera relajada me decidí a largar la verdad.
-Necesito hablar contigo, Jaime.
-¿Sobre qué?
-Un problema.
-¿Tuyo?
-Sí, muy grave.
-¡¿Sobre qué?!
-Una mujer.
-¿Te dejó?
-No me quiere.
La charla fluyó en tonadas diferentes. Algún escandaloso grito se escapaba de nuestras boca y enseguida brotaba el silencio que era juez de nuestra amistad perdurable.
Jaime entendía mis palabras, mis emociones; ocultas y sensatas que abrumaban mi existencia. El amor era ese vacío.
-Te diré algo, -confesó-. La suerte son los datos que nos faltan conocer para llegar a ser mejores personas, pibe. No te tires a lo fácil; no te ahorres pensamientos. Entregate a la devoción cuando en ella te veas atrapado. Rompé esquemas, pateá espejos, encendé motores, detoná estructuras y anhelá tus sueños. Disfrutá el placer de estar triste, aprontate que lo mejor está por llegar. Uno es un todo: es una canción, una frase de un libro, un diálogo en la calle, un juego de miradas, un primer amor, un segundo amor, el sueño de la infancia. Uno es un teatro de luces tenues donde recuerda una charla en soledad. De toda mentira yace una gran verdad, la pura del placer. Figurate listo para la ocasión, pibe querido. No te tires al chanta, perimetrá el terreno con saberes. Todo sirve para aprender. Mantenete lejos de tu propio ego; ese monstruo psíquico del desequilibrio. Rodeate de musas; create fantasmas y deseá. Sufrir es humano, saborearlo tiene ese gustito a placer y a lejanía. Pero cuidado, por aquella línea sinuosa se avecina el final; plagado de murmullos y acusaciones; trampas y desengaños. Él vendrá a buscarte y apuntará a tu cuello, dispuesto a mortalizarte, a despertarte de ese letargo que ahora llamás Vida. Y reinará en tu mente. Y volverá a encontrarte hasta que un día le devuelvas gentilezas al abrirle tu puerta... hacia la eternidad.
Pensé en contárselo de movida. Pensé mal. Calculé los pasos hasta la cocina desde la puerta de entrada, y al verlo en su sillón, sentado y leyendo el diario de manera relajada me decidí a largar la verdad.
-Necesito hablar contigo, Jaime.
-¿Sobre qué?
-Un problema.
-¿Tuyo?
-Sí, muy grave.
-¡¿Sobre qué?!
-Una mujer.
-¿Te dejó?
-No me quiere.
La charla fluyó en tonadas diferentes. Algún escandaloso grito se escapaba de nuestras boca y enseguida brotaba el silencio que era juez de nuestra amistad perdurable.
Jaime entendía mis palabras, mis emociones; ocultas y sensatas que abrumaban mi existencia. El amor era ese vacío.
-Te diré algo, -confesó-. La suerte son los datos que nos faltan conocer para llegar a ser mejores personas, pibe. No te tires a lo fácil; no te ahorres pensamientos. Entregate a la devoción cuando en ella te veas atrapado. Rompé esquemas, pateá espejos, encendé motores, detoná estructuras y anhelá tus sueños. Disfrutá el placer de estar triste, aprontate que lo mejor está por llegar. Uno es un todo: es una canción, una frase de un libro, un diálogo en la calle, un juego de miradas, un primer amor, un segundo amor, el sueño de la infancia. Uno es un teatro de luces tenues donde recuerda una charla en soledad. De toda mentira yace una gran verdad, la pura del placer. Figurate listo para la ocasión, pibe querido. No te tires al chanta, perimetrá el terreno con saberes. Todo sirve para aprender. Mantenete lejos de tu propio ego; ese monstruo psíquico del desequilibrio. Rodeate de musas; create fantasmas y deseá. Sufrir es humano, saborearlo tiene ese gustito a placer y a lejanía. Pero cuidado, por aquella línea sinuosa se avecina el final; plagado de murmullos y acusaciones; trampas y desengaños. Él vendrá a buscarte y apuntará a tu cuello, dispuesto a mortalizarte, a despertarte de ese letargo que ahora llamás Vida. Y reinará en tu mente. Y volverá a encontrarte hasta que un día le devuelvas gentilezas al abrirle tu puerta... hacia la eternidad.
Porvenir
Sospecho de la existencia del ser humano como única especie del Cosmo. Arden infinitas estrellas en un solo cristal que se reinventa con el correr de los siglos. Sin embargo, algún espejo oculto en las profundidades oscuras del universo tiene respuestas a estas dudas, hasta ahora, insolubles.
Despojado de brujos y hechiceros; sin pregonar por ángeles ni aquelarres, el foco se hace en torno al enigma: hay un portal en cada mente, propio de la inconsciencia que abruma.
Las certezas son tales que prohíben el intercambio de diversas percepciones sobre la concepción del universo. ¿Qué será del mismo cuando todos los humanos de hoy hayamos muerto? ¿Cómo imaginarlo en el transcurso de los siglos?
Los cabo sueltos será atados; la pobreza humana desembarcará en las ruinas de un desierto divorciado de estas tierras. Ya la culpa será bandera y forma de vida en los hombres. Sólo la música, los libros y algunas distracciones podrán mantener la esperanza de salvación en aquellos humanos.
Las estrellas y el sol; la luna con sus nubes azules deambulando a su alrededor y las electricidades del cielo destruirán, de una vez, esta porción de tierra. Lluvia incesante de piedras, segundos de desaparición eterna.
Despojado de brujos y hechiceros; sin pregonar por ángeles ni aquelarres, el foco se hace en torno al enigma: hay un portal en cada mente, propio de la inconsciencia que abruma.
Las certezas son tales que prohíben el intercambio de diversas percepciones sobre la concepción del universo. ¿Qué será del mismo cuando todos los humanos de hoy hayamos muerto? ¿Cómo imaginarlo en el transcurso de los siglos?
Los cabo sueltos será atados; la pobreza humana desembarcará en las ruinas de un desierto divorciado de estas tierras. Ya la culpa será bandera y forma de vida en los hombres. Sólo la música, los libros y algunas distracciones podrán mantener la esperanza de salvación en aquellos humanos.
Las estrellas y el sol; la luna con sus nubes azules deambulando a su alrededor y las electricidades del cielo destruirán, de una vez, esta porción de tierra. Lluvia incesante de piedras, segundos de desaparición eterna.
domingo, 3 de mayo de 2015
Del primer amor
Fue una mueca del destino. Ocurrió una tarde, invernal, hace muchos años cuando aún no existían convencimientos de ningún tipo, cuando todavía los compromisos eran solamente palabras futuras.
Pasaron unos meses estupendos. Disfrutaron los fríos, se abrazaron en las noches gélidas matadas por el alcohol en sus sangres. Rompieron espejos, estructuras, libritos de infancia que los tenían atados.
Ella, tan católica, embrujada y sonriente. Tan terca como un burro. Plantada o necia, como sea. Y él, medio flojo, destartalado pero curioso. Entregado al azar, lanzado a hacer cualquier locura para ganarse su corazón, sus ojos, su sonrisa.
Se pasearon el pueblo de punta a punta. Charlaron sobre el tiempo, los sueños y las frustraciones. Intercambiaron conocimientos, mentiras, verdades y algún que otro juego perverso que la mente deja resbalar para desvirgar unos corazones aún tímidos. Aunque se cometan errores o se dejen deslizar palabras imprecisas, el cerebro actúa de esa forma; como un viejo sabio siendo aún demasiado inmaduro.
Lo cierto es que algunas cosas no hacían contacto. En el medio estaba Dios, siempre metido, sin aportar más que confusiones y decisiones a medias. También andaba por allí el Miedo; metiendo la cola en algunas ocasiones para no dejar pensar a esos dos pobres diablos. Ellos eran muy jóvenes para tratar de eludir a estos impostores que los separaban cada vez más.
Él le insistía sobre la libertad, sobre la abolición de los celos, de las injusticias amorosas. Ella, más bien, se movía con sus convicciones y no daba changuí, no quería entregarse a algo diferente.
Pasó un mes; pasó otro más y en el tercero decidieron abrir sus corazones. Por las noches se llamaban a escondidas, por las mañanas se enviaban cartas y por las tardes se encontraban en el mismo banco, de la misma plaza, de su hermosa ciudad. Se aguantaban la cabeza, se sostenían en las malas pero todavía se guardaban secretos. Natural de quien tiene temor a lastimar.
Ocurrió una tarde, sin sol y de viento; en otro banco, de otra plaza. Ella lo miró con falsa ternura y le dijo que ya era suficiente, que necesitaba tiempo; ese tiempo llamado eternidad. Él, por respetuoso nomás, mordió angustia, volteó la cabeza y aguantó esa lágrima pesada que caería, segundos después, en su mejilla sin que ella lo notara. Le contestó sin pensar, trató de ser amable y lo logró. Le cuestionó un poco sobre su decisión y ella lo atropelló. lo pasó por arriba para que no lograra revertir su postura. Le volvió a aclarar sobre el tiempo y le prometió que se mantendrían en contacto.
Caminaron de vuelta, sin tomarse de la mano, sin decir una palabra. Los invadía el desconcierto y la vergüenza. Él la acompañó hasta la esquina de su casa y se despidieron fugazmente. Luego enfiló camino hacia su hogar y sintió una bocina que lo llamaba. Se volteó y vio un brazo extendido, de un hombre que conocía y que lo saludaba, que ya pasaba muy adelante.
Seguro que fue una mueca del destino porque ella no lo llamó más, ni lo mantuvo al tanto de nada. Porque el tiempo sigue siendo eterno como aquella noche de orgasmos compartidos que los separó para siempre. Fue un guiño de la suerte, de la mala, en este caso. Porque pasaron horas, días y semanas hasta que él los vio, caminando de la mano, recorriendo el pueblo de punta a punta, matando fríos nocturnos con alcoholes, encontrándose en el mismo banco, de la misma plaza donde meses atrás él la veía llegar con el orgullo inflándole el pecho. Ahora sí, estaba todo claro. Los observó alejarse hacia el sol, y se dio por enterado que recién estaba naciendo; con 18 años, a la edad que nacen o mueren todos los seres humanos.
Pasaron unos meses estupendos. Disfrutaron los fríos, se abrazaron en las noches gélidas matadas por el alcohol en sus sangres. Rompieron espejos, estructuras, libritos de infancia que los tenían atados.
Ella, tan católica, embrujada y sonriente. Tan terca como un burro. Plantada o necia, como sea. Y él, medio flojo, destartalado pero curioso. Entregado al azar, lanzado a hacer cualquier locura para ganarse su corazón, sus ojos, su sonrisa.
Se pasearon el pueblo de punta a punta. Charlaron sobre el tiempo, los sueños y las frustraciones. Intercambiaron conocimientos, mentiras, verdades y algún que otro juego perverso que la mente deja resbalar para desvirgar unos corazones aún tímidos. Aunque se cometan errores o se dejen deslizar palabras imprecisas, el cerebro actúa de esa forma; como un viejo sabio siendo aún demasiado inmaduro.
Lo cierto es que algunas cosas no hacían contacto. En el medio estaba Dios, siempre metido, sin aportar más que confusiones y decisiones a medias. También andaba por allí el Miedo; metiendo la cola en algunas ocasiones para no dejar pensar a esos dos pobres diablos. Ellos eran muy jóvenes para tratar de eludir a estos impostores que los separaban cada vez más.
Él le insistía sobre la libertad, sobre la abolición de los celos, de las injusticias amorosas. Ella, más bien, se movía con sus convicciones y no daba changuí, no quería entregarse a algo diferente.
Pasó un mes; pasó otro más y en el tercero decidieron abrir sus corazones. Por las noches se llamaban a escondidas, por las mañanas se enviaban cartas y por las tardes se encontraban en el mismo banco, de la misma plaza, de su hermosa ciudad. Se aguantaban la cabeza, se sostenían en las malas pero todavía se guardaban secretos. Natural de quien tiene temor a lastimar.
Ocurrió una tarde, sin sol y de viento; en otro banco, de otra plaza. Ella lo miró con falsa ternura y le dijo que ya era suficiente, que necesitaba tiempo; ese tiempo llamado eternidad. Él, por respetuoso nomás, mordió angustia, volteó la cabeza y aguantó esa lágrima pesada que caería, segundos después, en su mejilla sin que ella lo notara. Le contestó sin pensar, trató de ser amable y lo logró. Le cuestionó un poco sobre su decisión y ella lo atropelló. lo pasó por arriba para que no lograra revertir su postura. Le volvió a aclarar sobre el tiempo y le prometió que se mantendrían en contacto.
Caminaron de vuelta, sin tomarse de la mano, sin decir una palabra. Los invadía el desconcierto y la vergüenza. Él la acompañó hasta la esquina de su casa y se despidieron fugazmente. Luego enfiló camino hacia su hogar y sintió una bocina que lo llamaba. Se volteó y vio un brazo extendido, de un hombre que conocía y que lo saludaba, que ya pasaba muy adelante.
Seguro que fue una mueca del destino porque ella no lo llamó más, ni lo mantuvo al tanto de nada. Porque el tiempo sigue siendo eterno como aquella noche de orgasmos compartidos que los separó para siempre. Fue un guiño de la suerte, de la mala, en este caso. Porque pasaron horas, días y semanas hasta que él los vio, caminando de la mano, recorriendo el pueblo de punta a punta, matando fríos nocturnos con alcoholes, encontrándose en el mismo banco, de la misma plaza donde meses atrás él la veía llegar con el orgullo inflándole el pecho. Ahora sí, estaba todo claro. Los observó alejarse hacia el sol, y se dio por enterado que recién estaba naciendo; con 18 años, a la edad que nacen o mueren todos los seres humanos.
jueves, 12 de febrero de 2015
El cielo no lo entiendo y al cielo yo no voy
Miro al cielo y no entiendo. Lo miro con detención y no lo comprendo. ¿Vos comprendés? ¿Vos entendés?
¡Miro el cielo y no entiendo! ¡lo miro desde tan lejos y no lo entiendo!
Estoy solo en la soledad del campo; lo miro y no lo entiendo. ¿Cómo será que otros lo entienden?
Muy solo siempre en soledad. El cielo no se entiende desde acá, desde esta nave. Es tétrico el invierno, desagradable, misteriosamente deplorable el cielo. Dicen que estás vos; allí, mirando con altura inmortal. Dicen, todos dicen, que les das una señal, que tu lugar es el cielo y desde allí gobernás.
A veces, se ve naranja; por momentos, negro como el alma. Cuando brilla no lo miro, no me importa. Si por allá estás, dame una señal. Nunca creí en vos. Se que no estás; sos pura imaginación, sos el regate perfecto ante el temor y la duda existencial.
Hoy prefiero darte una oportunidad, la única en este viaje. Sos el protagonista de la esencia, de la eternidad, de la fe, del amor, del existir en un libro traidor, interesante pero traidor al fin. Sos obra de la mezquindad y la plaga; del remordimiento y el rencor, de la muerte y la violencia.
Sos la degracia, el provenir y las promesas. ¡Tus promesas!, sensatas para con el brujo que hechizó a la verdad. ¿No estás cansado? ¿De veras no te agotas?
Me urge una incógnita certera en mi interior, capaz de mortalizarte. Nada de lo que te rodea y de lo que te crean es verdad. Jugás sucio. Has hecho todo mal, has huido y dejado en vano este pedazo de infinito. Brillás en las buenas y te ausentas en las malas. Pudrite en tu infierno, en la casa del rival que al cerrar los ojos te esperará en su mesa, afilará sus dientes y rebalsará de ira.
Miro tu reino y no se entiende nada. Horas tras horas mirando al sur; cada viento que sopla y tormenta que ruge me confirman tu ausencia. Te escapás hasta ser justificado. ¿Alguien presume inmortalidad?
Que alguien me explique que hay, que pulula por las colinas de la oscuridad. Lo tengo acá nomas, a mi alcance. Se deja ver, está manchado por nubes; lo siento mortal. Espero su fin. Fin imaginario de rocas incesantes que caerán hasta terminar con la especie. Y en alguna dimensión pasada o futura volveremos a caer. El ocaso se aproxima, la infancia terminó. Te aluden con plegarias para que luego puedan volver a soñar. Eluden el sin sentido alborotado, esquivan esta mente sanada de llorar.
Grandes metales de poliestileno son los encargados en conducirnos a la ruina. Feroz ruina del deseo que culmina en la ignorancia y en la estupidez.
Mirando el cielo no comprendo si de verdad existe o es alimento de un estereotipo de sueño sin despertar. Probá en soñar algún día; tus pupilas girarán en torno a ti. ¿Y si te digo que no pierdas la fe ni la esperanza? ¿Que invirtamos los roles? ¿Si te hago creer en nosotros podrás aguantar el sufrimiento?
Te verás en direcciones sin salida, rezarás oraciones vacías y a nuestro gusto, te enviaremos señales y culparemos tus actos con penitencias caras y desoladas: con leyes y reglamentos de cualquier ocurrencia.
Que confuso parece el cielo; sus grises diamantes que deslumbran el camino. Pedazo de materia en fundición, reciclador de chatarra. Sangriento y elegante infinito de misterio. Interrogante plano de curva forma. Arrogante sos si estás en el y no te das a conocer. Todo me lleva a todos lados y a ninguna parte. Veo el desgaste de mi rostro con el paso del tiempo. Viejo e invisible verdugo; en el sí creo. Él no se cansa, corre sin frenar en interminables y variados ritmos. No pide oraciones ni culpa a crueles, débiles y zonzos. A veces te cura y otras te ayuda a sanar. No te exige recompensas ni premios; no está escrito en libros ni se fosiliza en la conciencia. Solo se presenta en el momento preciso. Allí hay que ser consciente de uno, mirarse hacia adentro y aceptar.
El tiempo llega y lo seguirá haciendo; sus garras se conocen en historias y vivencias. En cambio lo tuyo es incomprensible, tu existencia no me convence y mi escepticismo no me asusta. No le temo a tus venganzas; terror me tengo porque se que estoy apto para hacer el mal. Allí tengo miedo y huyo de mis cabales. El cielo no lo entiendo y al cielo yo no voy.
¡Miro el cielo y no entiendo! ¡lo miro desde tan lejos y no lo entiendo!
Estoy solo en la soledad del campo; lo miro y no lo entiendo. ¿Cómo será que otros lo entienden?
Muy solo siempre en soledad. El cielo no se entiende desde acá, desde esta nave. Es tétrico el invierno, desagradable, misteriosamente deplorable el cielo. Dicen que estás vos; allí, mirando con altura inmortal. Dicen, todos dicen, que les das una señal, que tu lugar es el cielo y desde allí gobernás.
A veces, se ve naranja; por momentos, negro como el alma. Cuando brilla no lo miro, no me importa. Si por allá estás, dame una señal. Nunca creí en vos. Se que no estás; sos pura imaginación, sos el regate perfecto ante el temor y la duda existencial.
Hoy prefiero darte una oportunidad, la única en este viaje. Sos el protagonista de la esencia, de la eternidad, de la fe, del amor, del existir en un libro traidor, interesante pero traidor al fin. Sos obra de la mezquindad y la plaga; del remordimiento y el rencor, de la muerte y la violencia.
Sos la degracia, el provenir y las promesas. ¡Tus promesas!, sensatas para con el brujo que hechizó a la verdad. ¿No estás cansado? ¿De veras no te agotas?
Me urge una incógnita certera en mi interior, capaz de mortalizarte. Nada de lo que te rodea y de lo que te crean es verdad. Jugás sucio. Has hecho todo mal, has huido y dejado en vano este pedazo de infinito. Brillás en las buenas y te ausentas en las malas. Pudrite en tu infierno, en la casa del rival que al cerrar los ojos te esperará en su mesa, afilará sus dientes y rebalsará de ira.
Miro tu reino y no se entiende nada. Horas tras horas mirando al sur; cada viento que sopla y tormenta que ruge me confirman tu ausencia. Te escapás hasta ser justificado. ¿Alguien presume inmortalidad?
Que alguien me explique que hay, que pulula por las colinas de la oscuridad. Lo tengo acá nomas, a mi alcance. Se deja ver, está manchado por nubes; lo siento mortal. Espero su fin. Fin imaginario de rocas incesantes que caerán hasta terminar con la especie. Y en alguna dimensión pasada o futura volveremos a caer. El ocaso se aproxima, la infancia terminó. Te aluden con plegarias para que luego puedan volver a soñar. Eluden el sin sentido alborotado, esquivan esta mente sanada de llorar.
Grandes metales de poliestileno son los encargados en conducirnos a la ruina. Feroz ruina del deseo que culmina en la ignorancia y en la estupidez.
Mirando el cielo no comprendo si de verdad existe o es alimento de un estereotipo de sueño sin despertar. Probá en soñar algún día; tus pupilas girarán en torno a ti. ¿Y si te digo que no pierdas la fe ni la esperanza? ¿Que invirtamos los roles? ¿Si te hago creer en nosotros podrás aguantar el sufrimiento?
Te verás en direcciones sin salida, rezarás oraciones vacías y a nuestro gusto, te enviaremos señales y culparemos tus actos con penitencias caras y desoladas: con leyes y reglamentos de cualquier ocurrencia.
Que confuso parece el cielo; sus grises diamantes que deslumbran el camino. Pedazo de materia en fundición, reciclador de chatarra. Sangriento y elegante infinito de misterio. Interrogante plano de curva forma. Arrogante sos si estás en el y no te das a conocer. Todo me lleva a todos lados y a ninguna parte. Veo el desgaste de mi rostro con el paso del tiempo. Viejo e invisible verdugo; en el sí creo. Él no se cansa, corre sin frenar en interminables y variados ritmos. No pide oraciones ni culpa a crueles, débiles y zonzos. A veces te cura y otras te ayuda a sanar. No te exige recompensas ni premios; no está escrito en libros ni se fosiliza en la conciencia. Solo se presenta en el momento preciso. Allí hay que ser consciente de uno, mirarse hacia adentro y aceptar.
El tiempo llega y lo seguirá haciendo; sus garras se conocen en historias y vivencias. En cambio lo tuyo es incomprensible, tu existencia no me convence y mi escepticismo no me asusta. No le temo a tus venganzas; terror me tengo porque se que estoy apto para hacer el mal. Allí tengo miedo y huyo de mis cabales. El cielo no lo entiendo y al cielo yo no voy.
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